
Hace ocho años, en lo que sería un año sabático, descubrí el camino que cambiaría mi vida para siempre. Todo comenzó cuando mi abuela, en una visita por mi cumpleaños, horneó un pastel en casa. Yo nunca había estado cerca de la cocina, pero quedé enamorada de ese momento: el aroma del pan llenando cada rincón y la sensación de cercanía con ella, aun cuando después estuviera a kilómetros de distancia.
Buscando inspiración, y con la guía de mi abuela a través de videollamadas, di mis primeros pasos en la repostería preparando empanadas y, más tarde, horneando mi primer pastel completamente sola. Desde entonces, nació en mí una hambre insaciable por aprender. Pasaba horas frente a YouTube observando cómo otros decoraban pasteles, descubriendo diferentes betunes y entendiendo que cada persona imprime su toque único en este arte. Tiré muchas mezclas, aprendí de cada error y, poco a poco, me fui introduciendo en el fascinante mundo de la pastelería.
De repente, sin darme cuenta, ya estaba vendiendo cupcakes y pasteles. Pero no me conformé. Siempre he querido ofrecer lo mejor a mis clientes, y esa convicción me llevó a prepararme de manera profesional como alumna del Chef Daniel Varela. Desde entonces, no he dejado de aprender: he tomado diplomados, cursos, leído recetarios y visto incontables videos, porque creo firmemente que la repostería es un arte infinito, imposible de abarcar en su totalidad, y que cada día necesitamos inspiración para seguir creando.
Hoy, después de ocho años y miles de pasteles, tengo el honor de ver mis creaciones en televisión, de ser parte de los cumpleaños de mis artistas favoritos y, lo más importante, de estar presente en las celebraciones de tantas personas que confían en mi trabajo. Amo profundamente crear este arte, porque cada pastel no es solo un postre, sino un pedacito de historia, inspiración y amor